16 feb. 2014

«El próximo gran 'crack' puede ser el energético, pero es una situación que hoy nadie quiere ver»

C. F.

Antes que activista y emprendedor solar, Jeremy Leggett fue geólogo al servicio de las grandes petroleras. Coetáneo de Tony Hay-ward, el defenestrado director ejecutivo de BP, Leggett decidió seguir a finales de los 80 un camino distinto, convencido como estaba de que la transición total hacia las renovables estaba a la vuelta de la esquina. Se equivocaba.

En 1998 fundó Solar Century, empeñado en el futuro de la fotovoltaica, pese a las seculares resistencias al cambio de una industria que, a su entender, está cometiendo «los mismos y múltiples errores que el sector financiero». Su preocupante diagnóstico sobre lo que puede ocurrir en los próximos años está condensado en un libro explosivo, La energía de las naciones, en el que vislumbra, sin embargo, el «camino hacia el renacimiento» que para él representan las renovables.

Sostiene Leggett que lo que está pasando con la energía solar en España es «trágico». Nuestro país, asegura, es tal vez el escenario más visible de «la guerra civil global» entre la industria de los combustibles fósiles y el sector de las renovables. Quedan aún duras batallas, y posiblemente un crack energético con el cambio climático como telón de fondo. Pero el Sol y el viento prevalecerán en un horizonte más o menos cercano, o eso vaticina: entre el 2030 y el 2050.

Pregunta.- Usted habla en su libro de hasta cinco riesgos sistémicos del sector energético ¿Tan alarmante es la situación?

respuesta.- La alarma la están dando desde hace un tiempo los think tanks militares norteamericanos. Están advirtiendo que el 2015 puede ocurrir un nuevo crack, sólo que la debacle pueden causarla esta vez los grandes de la energía, que están comiendo los mismos errores que nos llevaron a la debacle financiera. La industria está bajo un estrés increíble. Las inversiones son cada vez más costosas, para encontrar menos y menos petróleo. Si combinamos los riesgos de una falta de suministro de petróleo, con la burbuja de carbono que están creando, más la burbuja del gas por el método del fracking (la fractura hidráulica) y el aumento global de temperaturas, tenemos una mezcla detonante. La industria vive atrapada en un sistema de creencias tan estrecho, que le hace negar entre otras cosas el cambio climático, y asumir riesgos como si estuvieran ciegos. Nos está llevando de cabeza a una situación muy peligrosa que nadie quiere ver, como ocurrió antes del 2008 con los banqueros. El próximo gran crack puede ser el energético.

P.- Sostiene también que la situación actual del sector energético es de «guerra civil» entre los combustibles fósiles y las renovables...

R.- Efectivamente, ésa es otra señal de que algo muy disfuncional está ocurriendo. Las mismas empresas que deberían liderar la transición, y que dieron incluso los primeros pasos, han decidido recular y parapetarse en la trinchera de las energías fósiles. Cuanto más desesperados están y más claro está el potencial de las renovables, más se aferran a su viejo modelo de negocio y prolongan su agonía. En cuanto han visto que nos acercamos a la paridad, nos declaran la guerra formal y deciden cavar su propia fosa, caiga quien caiga. La presión de los lobbies para desacreditar las renovables y conquistar el favor de los políticos está llegando a niveles intolerables. El mensaje que quieren transmitir es ése: el futuro es el gas. Siguen construyendo mitos y manipulando a la opinión pública.

P.- Pero el fracking es algo más que un mito. No negará que en pocos años ha cambiado el panorama energético en Estados Unidos...

R.- Como geólogo sí puedo decir que el boom del gas puede ser el último mito americano. Sinceramente, y por todos los esfuerzos de David Cameron por vender a los británicos la fiebre del fracking, no me imagino el 65% de la campiña inglesa perforada para extraer el gas inyectando en la tierra toneladas de productos químicos.

P.- ¿Cómo se explica la caída de las inversiones mundiales en renovables por segundo año consecutivo?

R.- Precisamente por la desviación de las inversiones hacia las energías fósiles. Pero las instalaciones siguen creciendo, y proporcionalmente las renovables siguen ganando terreno. Nuestros precios están bajando mientras los suyos suben, con la excepción del gas americano, que veo como algo temporal.

P.- ¿Por qué compañías como BP, que se rebautizó como Más Allá del Petróleo, han dado marcha atrás?

R.- Porque en el fondo son incapaces de cambiar. Creáme, yo trabajé para la industria del petróleo, y cuando me fui a finales de los 80 creí que iba a haber una fuga en masa hacia las renovables. Me equivoqué entonces. La gente acaba abrazando un sistema de creencias y se resiste a aceptar alternativas que tenemos a mano y que parecen más razonables, como en el caso de las renovables. Hay también un trasfondo antropológico. Como relata Jared Diamond en Colapso, en el crepúsculo de las civilizaciones la gente es más dada a abrazar los mitos y las falsas creencias.

P.- ¿Acabaremos como los mayas?

R.- No, no me tome por apocalíptico. Yo en el fondo soy optimista, por eso en el subtítulo de La energía de las naciones hablo del 'camino hacia el renacimiento'.

P.- ¿Y cómo se traza ese camino?

R.- Las renovables van a prevalecer, de una manera o de otra. La estrategia es sobrevivir hasta que llegue el momento en que la marea cambie inevitablemente. Se pueden usar, eso sí, herramientas complementarias como la que hemos puesto en marcha con Carbon Tracker, que permite identificar a los responsables de las emisiones e iniciar un proceso de desinversión en energías sucias. Pero estoy seguro de que el futuro será de las energías limpias. Estoy convencido de que entre la solar, la eólica y la hidráulica se podrá abastecer las economías modernas en el 2030, o como muy tarde en el 2050.

P.- ¿Y la nuclear?

R.- Demasiado tarde, demasiado costosa y demasiado peligrosa. La construcción de nuevos reactores nucleares pueden llevar diez años. No podemos esperar tanto tiempo, ni asumir nuevos riesgos después de lo visto en Fukushima. Y más si aún no tenemos resuelto el problema de los residuos.

P.- ¿Cómo ve desde fuera lo que está ocurriendo en España, que ha pasado de ser uno de los líderes mundiales a encabezar la lista de países de la UE con mayor caída de la inversión en energía solar?

R.- Es muy trágico lo que está pasando en España, y buena prueba de ello es la llegada de ingenieros y técnicos al Reino Unido porque allí se han cerrado definitivamente las puertas. Durante un tiempo España lo hizo muy bien y marcó el camino al resto del mundo. Pero la industria de los combustibles fósiles ha contraatacado de una manera increíblemente dura. En cierto sentido, España se ha convertido en escenario de la guerra civil global entre las energías fósiles y las renovables. Y ustedes ya tuvieron su propia experiencia de lo que ocurre en las guerras civiles: dos planos ideológicos y mentales chocan frontalmente y no existe posibilidad de reconciliación.

P.- Muchos culpan de lo ocurrido al estallido de la burbuja solar...

R.- Está claro que muchos de los problemas en un sector tan complejo como el de la energía se podrían haber evitado con tiempo, fijando una serie de objetivos racionales, para avanzar hacia ellos de un modo continuo, como ha hecho Alemania. Hay que acelerar el crecimiento de las renovables, pero hay que hacerlo de una manera consensuada y ganando la confianza de los inversores.

P.- Desde ciertos estamentos se culpa a las renovables de la alta factura de la energía.

R.- El precio de la energía va a subir inevitablemente en el momento en que internalicemos los costes y pongamos un precio a las emisones de carbono. Eso la gente tiene que entenderlo, del mismo que modo que hay entender que todas las energías están subvencionadas de uno u otro modo. Pero no se puede culpar a las renovables de la pobreza energética, ni vender el fracking como panacea para que baje el precio de la luz. Otro de los factores que suelen morir aplastados es este debate es el de la eficiencia energética, que serviría para abaratar ostensiblemente el recibo de la luz.

P.- Entre los riesgos sistémicos del sector energético usted habla del cambio climático. La cumbre de Copenhague fue un fracaso ¿Cree que merece la pena volver a intentarlo?

R.- Copenhague fue efectivamente el arranque del fiasco. De ahí viene la involución que hemos sufrido en los últimos años. La opinión está abriendo por fin los ojos, a la luz de la evidencia que estamos viendo este invierno: el clima extremo en Estados Unidos y las inundaciones en Gran Bretaña. Y creo que hay un factor que cambiará las reglas del juego cuando los gobiernos vuelvan a reunirse en París en 2015. Esta vez habrá un buen puñado de grandes empresas como Coca Cola que presionarán porque se han dado cuenta de que el cambio climático tiene unas graves repercusiones económicas. En Davos hubo un día entero dedicado a este tema y créame que la preocupación mostrada por las multinacionales era impensable hace tan sólo un par de años. Ahora sólo falta que esa inquietud se traduzca en un mandato y que los políticos tomen definitivamente nota. Creo que a la tercera será la vencida, y que después del "suave" avance que fue Kioto y de la marcha atrás de Copenhague, vendrá el éxito de París. No podemos permitirnos otro fracaso.

P.- ¿Su labor como activista no está acaso reñida con su vertiente como empresario?

R.- Al revés. Yo creo que son complementarias. Después de lo que hemos pasado, está claro que el capitalismo necesita un trabajo de reingeniería. Hemos sobrevivido al crack financiero, pero seguimos sin atacar los problemas desde la raíz y volvemos a repetir los mismos errores en otros sectores clave como el de la energía. Lo que necesitamos es un sistema más justo y evolucionado, que funcione para la mayoría y que extienda a la economía los valores sociales. En Solar Century destinamos el 5% de los beneficios a una organización sin ánimo de lucro, Solar Aid, que trabaja fundamentalmente en África. Una de mis mayores satisfacciones ha sido comprobar cómo en países como Kenia y Tanzania la energía solar gana pequeñas grandes batallas a combustibles altamente contaminantes.

Visto en elmundo.es
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